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Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

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Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Reed P. Dunbreck el Vie Ago 27, 2010 8:01 pm




Reed andaba por las calles de la quinta avenida con las manos enfundadas en los bolsillos de su pantalón tejano ceñido a sus poderosos muslos. Su apariencia de veintitantos rebelaba que el hombre estaba en la flor de la vida, motivo de más para no afeitarse una descuidada barba que teñía su mentón de fino rubio, color identico al de su despeinada cabellera dorada. Sus ojos azules, ocultos tras unas pesadas gafas de sol, ocultaban a su vez un par de ojeras oscuras que dotaban de cierta profundidad hipnótica su mirada. Dejandonos de nimeidades, Reed se agachó para encajar la llave en el candado de la cerradura de la reja metálica de su amado anticuario desordenado y poco frecuentado. Volteó dos veces a la derecha y soltó un fingido gruñido de concentración para alzar la reja hacia arriba.

Una vez lo logró -sin el más mínimo esfuerzo- entró en el interior tras abrir la puerta. Volteó el cartel de OPEN y abrió las cortinas que dejaban pasar los cálidos rayos de sol entre tanto mueble de madera amontonado en cualquier rincón. ¿Desordenado? Tal vez, pero tampoco tenía mucho sentido ordenar algo que la gente no sabía que quería. Sus clientes, por lo general mujeres o señores mayores, nunca sabían qué necesitaban, pero el persuasivo Reed siempre sabía qué endosarles y cómo hacerlo. Sí, tal vez fuera un don. El caso es que se sacó la cartera, el paquete de cigarrillos y las gafas de sol, amontonándolas en el escritorio antiguo que usaba como mesa de recepción. Se sacó la chaqueta y se dejó caer en la silla, pensativo. ¿Tenía algo pendiente? Lo había olvidado.
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Reed P. Dunbreck
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Angelique Lefreve el Vie Ago 27, 2010 9:10 pm

Esperaba sinceramente que se acordase. Hacía tiempo que no veía a mi mejor amigo. Demasiado para continuar ignorándolo. Justo, ayer, antes de meterme en la cama le dejé un mensaje en el contestador del móvil y del teléfono. Nunca me confiaba de que llegase a oírlos, pero tuve que morderme la lengua cuando recibí su llamada. Recuerdo el momento que escuché su voz metálica por el pequeño aparato portátil. Incluso por teléfono el jodido era sensual. Llevaba ya dos años intentando controlar este apetito carnal que sentía por el rubio. No lo entendía. A veces pensaba que era asexual, que no sentiría estos furores con nadie pero, como siempre, Reed me mostraba cuán equivocada estaba.

Volví a mirar la calle en la que me encontraba. Más de una vez me había dejado perder en la ciudad a causa de mis pensamientos. Quinta Avenue recordaba que había dicho. Sí. Esta era la calle. Ahora sólo faltaba buscar su anticuario. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Algo con memories. “Siempre tan poético”. Preguntó a una mujer mayor que pasaba por delante quien, al reconocer el sitio y darme el título correcto, comenzó a describirme cuan caballeroso era Reed. Tan sólo asentía a la mujer por cortesía, intentando cortar la conversación porque llegaba tarde. Cuando por fin captó que tenía prisa, me dejó marchar en paz. Ya está. Dos manzanas más y ya llegaba. Pero los semáforos parecían que quisieran retrasar mi llegada.

Mientras esperaba a que el semáforo se pusiese en verde me quise ver reflejada en un escaparate para ver si iba, decentemente. Sí. Como siempre perfecta. Coqueta y elegante. Dos amigas que siempre iban de mi mano. Esta vez, me había decantado por un vestido blanco, algo suelto, de tirantes que me llegaba por encima de la rodilla. Muy veraniego, pero ideal para el calor que abrasaba la ciudad. Tacones. Jamás podía salir sin ellos y, los que hacían que mis pasos fuesen más sensuales. Tuve que parar de mirarme con tanto detalle, sino mi egolatría subiría demasiado. Giré la vista de nuevo, para ver que el fluido de gente ya comenzaba a cruzar la calle. Me uní al “rebaño”, esta vez, acelerando el paso. La puntualidad era algo esencial para mí.

Después del tumulto pasado, llegué por fin a la esperada tienda, que con su cártel OPEN me hacía saber que él ya se encontraba presente. Abrí la puerta, provocando que ésta hiciese una música especial al entrar, delatando mi presencia. Eché una mirada por todo el sitio, sacándome las gafas de sol para tener una mejor visión del lugar:- Ahora creo más en tu don de manipular, querido- mi mirada bajó para encontrarse con mi joven amigo, que descansaba sentado delante de la mesa de recepción- Porque vender con este “desastre” de tienda debe ser difícil.
Me acerqué hasta donde estaba, apoyando uno de mis brazos en la mesa y una de mis manos se dirigió al pequeño objeto que se utilizaba para pedir atención, que hizo un sonido algo estridente al golpearlo: Ahora demando que se me atienda a mí.
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Angelique Lefreve
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Reed P. Dunbreck el Vie Ago 27, 2010 10:06 pm

La ágil mente de Reed Dunbreck volaba lejos. Muy lejos. En un lugar al que nadie nunca podría llegar, el pasado. Su pasado. La imagen de su hermana pequeña y él en un orfanato dejado de la mano de dios lo enloquecía lenta y dolorosamente. Cerró los ojos un segundo y trató de abrir uno de los cajones del escritorio mientras se decía interiormente que eso no era el siglo XIX sino el XXI. Al ver que el compartimento no cedía recordó lo que la experiencia había logrado inculcarle. Golpeó dos veces la parte lateral del cajón y, automáticamente, éste se colocó en su lugar de origen, permitiendo su apertura. Lo abrió y sacó la pequeña libretita de tapas negras, el inventario. Carraspeó y lo abrió para empezar a leer al azar, tratando de perderse en el mundo de su tenderete de antiguedades.

Rebuscó de nuevo en el cajón y sacó primero unas gafas de leer. Se las colocó para proceder a agarrar con firmeza una pluma y un tintero. Huntó el extremo de la misma en la tinta color pesimismo y empezó a anotar los nuevos registros y a tachar los que ya se había sacado de encima, como la cómoda de color pastel de una difunta parienta de esa chica a la que una vez sedujo. Sí, evidentemente, su tienda era como un rastrillo a lo grande, pero al menos se sacaba un dinerito extra y consumía una irritante eternidad. De repente, sin previo aviso, la puerta se abrió. Arrugó el puente de la nariz para que las gafas no cayeran tabique abajo e identificó al acto a la muchacha. Todo le vino a la mente cual cadena de ideas. Como una simple relción aristotélica.

Angelique. Teléfono. Cita. Hoy. Parpadeó sin darse prisa alguna y procedió a dejar el cuaderno sobre la mesa para sacarse las gafas de leer y dejarlas a la derecha de la pluma. El extremo derecho de sus labios se curvó en un ademán de sonrisa perfecta, sin necesidad de enseñar unos colmillos que llevaba tiempo ocultando a la que se permitía el lujo de considerar su mejor amiga. Carraspeóo llevándose un puño cerrado delante de los labios y soltó una jovial carcajada casi muda, pero de lo más varonil, cuando ella reclamó su atención golpeando el timbre típico de los hoteles de antaño. Se dispuso a saludarla burlescamente pero se apresuró a fruncir el ceño con bienfingida ofensa ante el atributo dirigido a su tienda. - No es un desastre de tienda, es un paraíso dantesco de cosas olvidadas y jamás reencontradas. ¿En qué puedo ayudarla, jovencita? - Finalizó, puntualizando con esa mirada azulada que, más allá de su frialdad, derretía corazones.
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Reed P. Dunbreck
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Angelique Lefreve el Sáb Ago 28, 2010 8:06 pm

“No es un desastre de tienda, es un paraíso dantesco de cosas olvidadas y jamás reencontradas”.

Solté una leve risa ante su primer comentario: -Siempre tan poético. Creo que hasta el mismo Horacio sentiría celos de ti, cariño.- me separé algo de la mesa, para poder observar con más detalle la tienda. Éramos grandes amigos desde hace tiempo, pero era la primera vez que entraba en su anticuario. Dando una vista rápida, pude apreciar algunos muebles u objetos, que debían pertenecer a algunos siglos atrás. Curioso. Me preguntaba cómo se podría haber hecho con estas reliquias.

Su siguiente pregunta hizo que volviese a desviar mi mirada hacia él, topándome de nuevo con aquellos ojos azules que seguían hipnotizando desde el primer momento que nos conocimos: -¿Cómo que, en qué puedo ayudarla?- alcé una ceja divertida, cruzándome de brazos en un intento de “intimidación”- Vamos Reed, si me debes haber traído aquí debe ser por algo- lentamente y marcando cada paso, con un golpe seco de tacón, comencé a acercarme al sitio de antes- Quiero sentirme como una de estas clientas que salen de tu tienda con mirada soñadora y perdida.Como si Epicuro les hubiese dado la fórmula del “placer”- no dejé que contestara dado que alcé una mano para que me dejase proseguir- Me he encontrado con una mujer mayor que me ha descrito las maravillas de tu tienda y cuan caballeroso eres. Así que se por primera mano, como salen-añadí mientras se me dibujaba una sonrisa en mi rostro, enseñando mi dentadura blanca perfecta.

No era la primera vez que escuchaba comentarios espléndidos sobre lo que guardaba “Trunk of memories”.Hasta el New York Times había llegado a dejar buenas críticas sobre la tienda .Como también de su dueño. Sin embargo, sabía que muchas de las mujeres que entraban ,no sólo salían satisfechas de su compra, sino también del peculiar IVA que se les daba por parte de mi amigo…

Tampoco quería ser una de ellas, pero la curiosidad me mataba desde hacía tiempo.¿Por qué había tardado tanto en ocultarme este sitio, o no querer que quedásemos aquí? Ya era hora de averiguarlo. Apoyándome de nuevo en la mesa y, quedando de nuevo más próximos ,proseguí hablando: -¿Mi decisión? Enséñame este “paraíso bucólico”.- Y es que, ya se sabía, la principal enfermedad del hombre, es aquello que no puede llegar a saber.
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Reed P. Dunbreck el Dom Ago 29, 2010 12:28 am

Reed no pudo más que dejar escapar una ligera carcajada varonil cuando ella lo puso a la altura del gran Quinto Horacio Flaco, principal poeta lírico de la antigua Roma. Echó la cabeza ligeramente hacia atrás y se rió disimuladamente, mientras su nuez bailaba en su garganta. El péndulo de un viejo reloj con complejo de armario se movió en un inexorable vaivén distraído mientras el vampiro recuperaba la compostura, acomodándose sobre la silla para mirarla con ese brillo divertido en sus gélidos luceros azules. - ¿Todas las chicas de tu edad son tan exageradas, o lo haces por el innegable aprecio que me tienes? - Bromeó apoyando las manos planas en la corcada madera del escritorio para levantarse lentamente.

Volteó la mesa con aparente pereza, procurando que pasara desapercibida la mirada que recorrió el veraniego vestido blanco de su mejor amiga. Estaba realmente preciosa con ese atuendo que contrarestaba con su cabello color noche, ondulado de ese modo que sólo Angie sabía lucir. En sus perfectos labios, esa intacta sonrisa varonil. Se colocó delante de ella mientras la chica seguía adulando su tienda y su reputación. De nuevo exagerando. - Te aseguro que no he hecho nada especial a mis clientas. Ellas adoran este caótico antro de cultura dormida, es todo. - Susurró tenidéndole una mano para tomar la de ella. Muchas veces había excusado su baja temperatura corporal por un tema de enfermedad benigna provinente de padre, por lo que la muchacha no repararía más en la frialdad de su tacto.

Se agachó y rozó con el labio inferior el dorso de esa mano humana, en un beso cordial. Sus colmillos sedientos se quejaron, pero Reed era considerado la materialización del autocontrol, por lo que se erguió como si nada y la tomó de la mano para guiarla por la tienda. No precisaba decirle lo hermosa que estaba, su mirada jovialmente hipnótica hablaba por él. No precisaba decirle que se alegraba de verla, luego si no fuera así no la había dejado pasar por la puerta de su antro particular. No precisaba decirle que esos silencios hablaban más que dos mujeres en la cola de un supermercado en hora punta. La llevó hasta un particular pasadizo iluminado por la ténue luz de una reja alzada.

A lado y lado del pasillo se hallaban estanterías llenas y llenas de libros. Reed alargó una mano y acarició los lomos de los polvorientos libros, soltando a la chica para sumergirse en su mundo por unos instantes , dándole un break a esa preciosidad para que comentara acerca de su infierno polvoriento y desordenado que tenía atrapado a decenas de clientas insatisfechas con sus maridos. - ¿Quieres saber por qué esas mujeres se enamoran y me dejan encasquetarles mis antiguedades o relíquias? - Le preguntó con un ápice de diversión en la voz, leyendo los lomos de los libros sin tansiquiera tener que mirarla para saber que en el rostro de ella se reflejaba el árdido deseo de saber.
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

Mensaje por Angelique Lefreve el Lun Ago 30, 2010 9:51 pm

"¿Todas las chicas de tu edad son tan exageradas, o lo haces por el innegable aprecio que me tienes? "

Me encogí levemente de hombros, aprovechando una breve mirada al cuerpo de mi amigo cuando éste se levantó algo. Observé como con sus movimientos, se marcaba la silueta de su torso escondida en un camisa algo holgada. Sus manos, de dedos gráciles y blancos, continuaban agarrados a la mesa de recepción, mientras que en su rostro continuaba aquella sonrisa de ironía adormecida entre sus labios. Levanté la mirada, como si hubiese estado contemplando la dura madera de la mesa y, con una risa sincera ,con un toque irónico,contesté a lo último que me dijo:- Claro, debe ser eso.- estiré mis brazos sobre la mesa, permitiéndome erguir completamente para que después, él acabase haciendo lo mismo.

Notaba que me iba sintiendo a gusto en este pugilato insulso de sutilezas irónicas; que olvidaba temporalmente, apartándolas de mí, las sombras que perennemente cercaban a mi espíritu. Su beso en el dorso de mi mano provocó que volviese a centrar mi atención en mi joven amigo. Empezaba a encontrar un sabor insospechado a estos últimos contactos que tenía con él y, en cierta manera me asustaba hasta donde podía llegar. Este estado de desatención a mis típicos principios, “no acostarme con mi mejor amigo”, comenzó hace unos años. Posiblemente cuando tu cuerpo se hormonada aún más y, reclamaba a gritos ser poseído. Un momento. ¿Acaba de pensar eso? Tenía que comenzar a mantener algo de distancia con mi amigo, pero su mano gélida en contacto con la mía, no mejoraba las cosas.

Dejé que me guiase en silencio, sonriéndole como único medio de expresar mi aquiescencia para que me dejase conducir por donde quisiese. Comenzamos a entrar en un pasillo repleto de libros. Mi caminar comenzó a hacerse más pausado, deteniéndome en algunos títulos que relucían en sus lomos. Algunos eran más viejos que otros. Apenas escuché lo que me dijo, me estaba dejando llevar por mi ardiente curiosidad de ojear todo lo que tenía. Muchos de ellos debían pertenecer, igual que otros de sus objetos, a épocas muy antiguas. Seguía sin entender de donde había sacado todo aquello, pero en ese instante, no me importaba. Nuestros pasos comenzaron a ser un poema salpicado de versos libres, huérfanos y desorientados, hasta que me paré en un rincón. Había un libro que llamaba la atención por su tamaño y, por ser el menos atrayente de todos. Lo cogí instintivamente. Sentía que tanto como éste y yo, teníamos algo en común. Diferentes de los otros, aquella pieza del puzzle que nunca encajaba.

Le dediqué una mirada de autorización a mi amigo, para ver si podía ojearlo a lo que él no me contestó. Dando por hecho que podía hacerlo. Separé entonces mi mano de la suya, para apartar con suma delicadeza aquella pieza. La Divina Comedia. Sonreí, enseñándole a mi amigo el título del libro. Muy oportuno, cuando hacía un momento había sido comentado. Eché entonces una ojeada, abriéndolo por la mitad y dejándome hechizar por sus palabras. Siempre me resultó curioso lo que explicaba. Una historia que podía atraer y, a la vez, con un ápice fantástico. ¿Infierno, Lucifer, etc..? ¿Quién creía en eso?. Dejé entonces el libro, una vez hube vistos sus ilustraciones :- ¿Tú crees en demoni..?-Chas. Al dejar el libro y apartar uno de mis dedos bruscamente, me clavé una astilla en el dedo anular, provocando que la sangre comenzase a brotar. Como si de un acto reflejo se tratase, lo llevé a mi boca, intentando de esta manera apartar el líquido que entorpecía que viese con clarida donde estaba clavada la pequeña “espina”.
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Re: Esa mesa no es la única con más de un siglo {Angelique}

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